LAS FAMILIAS NOS CUENTAN SUS EXPERIENCIAS EDUCATIVAS: Familia Moñino

El primer recuerdo de mi paso por el colegio es ese dolor de tripa que se me ponía los domingos por la tarde, con el que intentaba librarme de ir a clase al día siguiente y que aún hoy me acompaña antes de alguna presentación o reunión de trabajo importante…

 

La oferta de colegios públicos en Alcobendas hace cuarenta años no era muy amplia, por lo que mis padres decidieron escolarizarme en un colegio privado de barrio. Lejos de parecerse a los centros privados de la actualidad, este tipo de colegio, que proliferaba bastante por el pueblo, tenía como denominador común que el director era un antiguo sacerdote retirado que había decido dedicarse a la enseñanza, siendo la religión católica el eje pedagógico principal. Muchos de estos colegios durante los años ochenta pasaron a ser concertados.

Empezábamos el cole a la tierna edad de los tres años en lo que se  llamaba parvulitos y que ahora se corresponde con infantil. A los seis años comenzábamos la Educación General Básica, la famosa EGB, donde pasábamos ocho maravillosos años hasta comenzar el Bachillerato o la Formación Profesional con catorce añitos.

En mi colegio llevábamos unos uniformes preciosos con los que aún hoy me pregunto cómo sobrevivíamos al invierno, pues el de las niñas incluía una falda hasta las rodillas y el de los niños, por lo menos hasta quinto curso, unos pantalones cortos que dejaban al aire nuestras piernecillas ante  las inclemencias de aquellos inviernos, que no sé por qué, recuerdo más crudos que los de ahora.

En clase éramos alrededor de cuarenta niños. Nos sentábamos en pupitres, que ya siendo niños nos parecían pequeños, por riguroso orden de lista. La lista era la relación de  nuestros nombres colocados por orden alfabético. El profesor que nos daba clase a primera hora de la mañana nombraba uno por uno a todos los niños de dicha lista, que tenían que responder con un “presente”, para comprobar la asistencia a clase. Me pasé ocho años de mi vida con los mismos compañeros sentados al lado y aún recuerdo mi número de lista.

Podría extenderme en explicar las asignaturas que teníamos, lo métodos peculiares de enseñanza tipo “My tailor is rich”, los recursos audiovisuales que utilizábamos (*)… pero sin duda el mejor momento del día en el colegio era el recreo.

 

 

 

(*)Detalle de lápiz para la “pizarra digital”

¡Qué largos se hacían los minutos anteriores a este momento de diversión! Sonar el timbre y salir corriendo de clase, abrir el papel Albal y comprobar que delicia nos habían puesto para el bocata… por cierto ¿antes no existía el colesterol?

 

Dada buena cuenta de nuestro tentempié y ¡a jugar!

 

Uno de los juegos que más me gustaba era el rescate. El juego consistía en formar dos equipos, el equipo que se la ligaba tenía que pillar al otro. Al primer niño que se le pillaba se ponía en “casa”, el siguiente “pillado” se agarraba a su mano y así sucesivamente formando una fila. Si alguno de los no “pillados” llegaba a tocar a alguien de esa fila, los “rescataba” y había que pillarlos otra vez. Que sensación de héroe cuando eras el último que quedaba de tu equipo y conseguías salvarlos a todos…debe de ser algo parecido a marcar un gol en la final de la Champions.

 

Otro de los momentos estelares era la competición entre chicos y chicas jugando al pañuelo, parecía que nos iba la vida en ello…

Por último y para no extenderme más con historias de abuelo cebolleta os cuento otro momento especial en el colegio. Ese era el día de tu cumpleaños. Para ese día tu madre te compraba una bolsa con sugus y mientras te cantaban el cumpleaños feliz repartías un, repito, un sugus a cada uno de los niños de la clase. Bueno a tus mejores amigos les podían caer dos o tres…vamos igual que las celebraciones que preparamos hoy en día  los padres, que cualquier día alquilamos la Warner para celebrar el cumple del niño.

En resumen, recuerdo la etapa escolar como una de las mejores de mi vida. El colegio era uno de los centros de reunión del barrio y era como nuestra segunda casa. Es divertido y entrañable recordar esos días con antiguos compañeros y aún hoy amigos. Que levante la mano el que no esté en un grupo de Facebook o WhastApp de su antiguo colegio o este deseando que le inviten…

                                                         

 JULIO MOÑINO

(Padre de Héctor, Lucas y Candela)